jueves, 22 de diciembre de 2011

Bronca Andaluza ó ¡no Pasa ná!

Artículo aparecido en "la Crónica de Madrid" del 11 de diciembre de 1932

Cuento por Luisa Carnés



La casa que habité en aquel pueblecito andaluz, cercano al peñón de Gibraltar, miraba a su Plaza Mayor y al reloj loco de su iglesia, vacía de imágenes religiosas.

Ante mi ventana había una calle recta, sin el más leve declive.

Al asomarme a ella en las mañanas—mañanas pobladas de voces y pregones: «¡Molletes calientes!» «¡Coquinas!» «¡Agua!» «¡La cá!»—, la veía blanca, húmeda y neblinosa a veces; clara y brillante, con brillos de sol en azulejos verdes y azules, en muros encalados, otras.

Al anochecer paseaban por ella jovencitas cogidas del brazo; jovencitas de esas que hablan incansablemente, como parejas de amantes, abismadas en el eterno tema del cine sonoro, de trapos, del tango de moda que resuena en un bar inmediato, de deseos no logrados, tal vez.

Pasaban mujeres de rostros atezados por los trabajos de muchos años, recontando mentalmente las ganancias que los devenearía el azúcar y la margarina adquiridos en Gibraltar en pequeñas porciones y vendidas luego a otras menos míseras que ellas.

Pasaban hombres hablando de vino, de apuestas, de barcos, de hembras: «La otra noche, en cá la Azucena...»
A medianoche mi calle era un magnífico amplificador.

Muchas veces, durante mi estancia en el pueblo, oí frases en la noche. Las oía arrebujada en la sábana, humedecida por el Levanto, y mi imagimación hacía bailotear ante mis ojos dramáticos figurones reminiscentes de antiguas historias de contrabandeo y pasión, leídas en la niñez. Alguna vez llegué hasta la
ventana y contemplé, temblando de frío, escenas trágicas, en las que se acometían dos sombras y brillaban dos aceros.

Nunca hubo en aquellos dramas epílogos rojos. En aquel pueblo, el sereno—guardia urbano— cortaba estos duelos con el punto final de su oportunidad.

En aquel cafetucho de la fería, famoso por sus tés de «a gorda», se repetían con cierta frecuencia cuadros de esta índole, que allí, algunas veces, terminaban trágicamente.

Mis amigos de allí me invitaron a visitarlo, y allá fui, entre curiosa y tímida.

Eran las seis de una bella tarde del otoño andaluz. La taberna estaba al final de Clavel, la calle Alcalá del pueblo. Próxima, la Plaza de Toros. Enfrente, la explanada del paseo de la Feria, solitario y barrido por un víento Levante muy fuerte, que se adhiere al rostro y a las manos.

El local, pequeño, estaba entonado en ocre. Había en él veladores redondos de mármol resquebrajado;
estanterías de botellas, cubiertas de polvo; caricaturas —-Facundo, el mozo, era un buen caricaturista— y en un rincón, hábilmente construido dentro de una botella blanca, al igual de esos Gólgotas que construyen los presos en sus largas horas de soledad, había un barquichuelo, con su perespectiva de mar.

Humo espeso en el ambiente: aroma de cigarrillos ingleses, mezclado al olor picante de los caracoles con
dimentados en la cocina.

Tipos avejentados de cargadores del puerto, recién llegados de Gibraltar, tiznados aún y con algún penny
en el bolsillo del pantalón; bebedores de té y de aguardiente.
.
Facundo, el mozo, nos habló del ambiento aquél instigado por mi curiosidad de forastera.

Aquí vienen tipos fetén, interesantes; pero sá menesté yegá a tiempo. A estas horas casi toos son mozos del muelle de Gibraltar, gente pacífica, aunque, si yega er caso, tamién manejan la navaja. Pero pasás las onse de la noche, ya es otra cosa. No les digo que vengan a esas horas, porque aquí vienen pocas señoras y podría habé una malage.

Anochecía.

Algunas mesas se quedaban vacías.



Un carbonero cantaba por lo bajo, acompañándose de un tamborileo de los dedos sobre el velador:

El otro tiene dinero,
yo zoy pobre de verdá,
el otro tiene dinero...

Entonces entró un hombre con paso torpe.

E un malage— dijo uno de mis amigos—. Veréi ustede cómo tenemos esaborisión.

En efecto, al poco rato, el sujeto aquel se acercó aun individuo que había de codos sobre una mesa, y le
ofreció una copa de coñac.

Ozté se va a bebé eza copa de coñá y se va a quita el mal gusto de boca.
—No quiero.


—Ozté se va a bebé eza copa, porque quié mi menda.
—¡Home, no cera tanto!
—Cuando yo digo a un hombre una coza, eza va al'artá.
—Me parece que vamo a tené guaza
—repitió mi amigo.

Y otro:

Ahí tiene. ¿No quería usted color local?

Los dos hombres habían ido aproximándose hasta casi tocarse. Estaban muy excitados, especialmente el que invitara, en posesión del falso valor que da el alcohol.

Bueno—consintió el solitario—; yo me bebo eza copa, pero uzté se va a traga veinte, Facundo, veinte copas paca.

Todos loa presentes se alteraron un poco. Alguien alcanzó la puerta y salió. Pero nosotros seguimos allí, pendientes de aquellos dos hombres.

El solitario se acercó al otro, que se limpiaba los labios con el dorso de la mano izquierda.

Y ahora, pa termina, compare, me vasté a demosrá ques hombre por las buenas o por las malas—sacó dos navajas y le tendió una de ellas al «flamenco»—.

Vamos.

Nadie se atrevió a intervenir.
Pero el otro no se movió, lo cual excito la ira de su interlocutor.

¿Con que «a chiclana»? Cuando yo llamo a un hombre afuera e pa que se defienda.
Se acercó al enemigo y le agarró la americana con la mano izquierda, a la par que esgrimía la navaja en
la derecha.

Antes se dirigió a nosotros con el gesto:

No asustarce, zeñore; no paza na.Se acercó al otro y le cortó un pico de la americana 

E pa recuerdo.
Y se guardo el pedazo en el bolsillo.








                                                                        Luis Javier Traverso





Documento aportado por Juan Manuel Ballesta  encontardo en la Biblioteca Nacional

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